Austria se llena de colores en primavera. Desde las casas del Tirol hasta las céntricas calles de Viena, es un constante ebullir de flores de todos los colores. El invierno o, mejor dicho, el frío, es largo desde finales de octubre hasta la entrada de abril. Es cierto que se acompaña de nieve, de los mejores mercados navideños de Europa, de conciertos infinitos, de vino caliente especiado, Glühwein, y de las más dulces calorías en forma de tartas y strudel. Pero la primavera es para vivirla en Austria. La retirada del frío hace que los balcones se llenen de flores para ofrecer un espectáculo único en su contraste con las maderas de las viviendas y de los empinados tejados. Phlox, geranios, petunias y gitanillas en el Tirol. Praderas, frondosos árboles, macizos ramos de flores, en la capital. Todo cuidado hasta el más mínimo detalle. Quizá una de las principales características de la idiosincrasia de los austríacos. No es de extrañar que en Viena los jardines Volksgarten -con 400 tipos de rosas diferentes- y Burggarten -concebido como jardín inglés- fueran incluidos como Patrimonio de la Humanidad junto al centro y al espectacular conjunto del Palacio Schönbrunn.

Los mercados navideños dan paso ahora a los de Pascua. No faltan puestos con decoración en madera, siendo la estrella indiscutible los huevos pintados a mano. Se venden por unidades o en docenas y se pueden llevar en hueveras e incluso, ¡en cartones de huevos de colores!

El huevo es el símbolo de la vida, de la fecundidad, propio de la primavera. Una tradición que ya proviene del culto a Ishtar, la diosa de la fertilidad de Mesopotamia. De ahí, el nombre de Easter en inglés, y Östern en alemán. Aunque también hay huevos comestibles en las jugosas pastelerías vienesas con un más que recomendable chocolate y café Melange

Gonzalo Gómez es coordinador en Europa y guía-experto en Experiencias con Esencia